jueves, 4 de mayo de 2017

Te lo juro





Está tan lejos de mí
la intención de hacerte daño
como lo estuvo tu respeto por mis sentimientos
y por mi dolor.
Que te mantengas feliz
fuera de mi espacio vital
es mi mayor deseo,
que recojas tus frutos
y tus sueños
del ánfora de tus méritos;
que respires oxígeno puro,
que bebas agua clara
para que seas capaz de ser ecuánime,
que no justiciero,
para que entiendas lo que significa
ser libre, libre de verdad y no de fachada.
Te juro que no quiero lastimarte,
te lo juro por lo que más quieras,
sea lo que sea.
Pero el tiempo de conceder
se acabó:
dar tanto incapacita para volver a creer
y agota la confianza.
Así que sin puyas, sin odio, sin rencor,
te lo juro, te juro
que no quiero herirte,
es sólo que la indiferencia
ya no me permite ponértelo fácil.



© Anabel

miércoles, 19 de abril de 2017

Regalo de Ensueño

Sol ardiente de junio de Lord Frederic Leighton, 1895


Si supieras que esta noche he soñado contigo; que hemos hecho el amor entre las iniciales bordadas de tu mujer; que me has exigido otra cita antes de abandonar tu casa; que no me has dejado ir sin robarme otro beso en el pasillo. Si supieras de qué manera he soñado contigo. Si te lo dijera…

Si tuviera el valor de contártelo, imagino que te sorprenderías y, una vez asimiladas mis palabras, una mueca indecisa invadiría tu rostro al tiempo que tus pies se echarían hacia atrás, apartándose de un camino que jamás recorrerían. Me quedaría plantada cual caña a merced de la intemperie, mirando cómo tu reticencia se aleja de mí con prisa acuciante. Es probable que así fuera en el mejor de los casos, aunque estoy segura de que, en momentos de soledad o de aburrimiento, un céfiro traicionero susurraría a tu oído imágenes de mi soñado relato: cuando los reproches  cotidianos invadieran tu espacio vital; o mientras leyeras las mismas noticias deprimentes de siempre; o cuando tus hijos te respondieran a portazos; o en las noches que ya sólo te ofrecen recuerdos lejanos, en esos instantes, te vendría a la cabeza mi escote abierto en canal, desprendiendo la fragancia ácida y penetrante que sólo el deseo posee; sentirías la electricidad que asalta en el roce de pieles; escucharías mis jadeos  salpicándote; paladearías mi saliva en tus labios y mi mirada en tus ojos pidiéndote un poco más porque todavía no llego y tu pene te descubriría que realmente te resulto peligrosamente excitante. Llegados a este punto, me atrevo a apostar que la noche te brindaría un sueño húmedo en mi cama, sobre mi respiración, dentro de mi vida onírica. Al día siguiente, cuando coincidiéramos en el trabajo, tal vez te sintieras turbado por haber estado desnudo ante mí, por haber averiguado mis secretos más íntimos, como si hubieras leído mi diario, pero, a continuación, tu pudor se convertiría en poder al acordarte de cómo habías satisfecho cada poro de mi piel, resguardados los dos bajo esa noche impune que sólo nosotros habitamos. Y entonces nuestros ojos comulgarían, nos sonreiríamos con la confianza que proporciona la certidumbre de haber satisfecho el apetito del otro. Ese sueño de deseo complacido significaría nuestra unión más allá de la realidad, nuestra realidad más allá de lo tangible.

Si te dijera que esta noche he soñado contigo, estaría regalándonos una noche de auténtico e inalterable amor.

− ¿Sabes, Jaime? Hoy he soñado contigo…

© Anabel

domingo, 16 de abril de 2017

De alma perenne

Pantano de Mediano, Huesca.


“Querido chopo, tus hojas nos han siseado mientras descansábamos bajo tu sombra buscando el resguardo de un duro día y tu tronco fue el apoyo de mi marido en sus cavilaciones. Mis nietos han jugado a tu alrededor y entre tus raíces enterramos al viejo Luqui. Has sido testigo del paso de las estaciones, del crecer de las hortalizas, de los frutales… Eras la esfinge que señalaba en la lejanía dónde quedaba nuestro huerto y que vigilaba su débil entrada. Invariablemente, al llegar a la huerta,  tocábamos tu corteza, era como un gesto supersticioso, como una contraseña, un saludo entre amigos. Todo lo que quiero va a ser anegado y en los recuerdos que me lleve constantemente estarás tú protegiéndonos de las inclemencias. Lástima que no puedas defendernos de ésta. Pero sé que tú te salvarás, como la torre de la iglesia que no dará su campanario a torcer, que quedará como la prueba impertérrita del transcurrir de unas gentes que amaron su tierra y fueron obligadas a abandonarla. Lo sé porque veo la torre permanecer gallarda entre añiles y a ti te veo poblado de nidos. Querido chopo, tendrás una segunda vida de la que no podrán arrancarte.”

En ese momento no entendí lo que la abuela me estaba diciendo. Mis rizomas llevaban años diseminándose por esa vega fértil, disfrutando de la familia de Alegría en el devenir del tiempo. No sabía de qué aguas malditas me hablaba, pues la lluvia siempre era bienvenida; no comprendía sus palabras de despedida, sus lágrimas ni, mucho menos, su vaticinio. Hubiera querido que me aclarase unas cuantas dudas, pero sabía que sólo debía esperar, esperar desde la quietud para desentrañar semejante misterio. Al cabo de un tiempo, el pueblo se inundó; excepto la torre de la iglesia, el valle quedó bajo aquel mar sobrevenido como un vómito de muerte azul. Dejé de ver el cielo, de sentir la brisa; me deslicé de mi hueco vital y sentí como el barro se apoderaba de mi savia. Aves sin alas revoloteaban entre mi maltrecha madera dejando un rastro de burbujas. Eché de menos el agua a gotas y las caricias de Alegría. Entonces fue cuando debí morir.

No sé exactamente si estoy en un sueño o en la vida después de la muerte, no soy capaz de dilucidarlo, simplemente me siento vivo, aunque no produzca clorofila alguna, ni me rieguen, ni me nazcan hojas. Es un estado extraño, en el que ni soy ni siento como antes, pero en el que me encuentro bien. Un verano, que evaporó casi por completo el caudal del pantano, quedé al descubierto y fue entonces cuando me cercenaron a trozos y me llevaron hasta la ciudad. Me metieron en unos bajos en los que estaban haciendo obras y me sometieron a un tratamiento para dejar mi madera seca e incorruptible. Luego me recompusieron grapándome las ramas y plantándome en un macetero lleno de piedras. Con unos alambres me aseguraron al techo y quedé erguido de nuevo. Me reflejo en las paredes acuosas que son lo más parecido al líquido elemento. No soy un árbol bonito, pero tal y como me han colocado parezco un fósil esbelto y casi señorial. Se podría decir que he sido el primer cliente de la peluquería. Al principio de abrir el negocio todo el mundo se fijaba en mí y preguntaba por mi procedencia. Ahora ya se han acostumbrado, aunque de vez en cuando todavía haya quien se queda maravillado ante mi exigua figura. El único céfiro que percibo son los aires salvajes y calientes de los secadores, por los ventanales entra luz a raudales y las chicas con uniforme me pasan un plumero a menudo. No son las caricias de Alegría, pero me hacen cosquillas. Me han colgado una casita para pájaros y unos nidos abandonados se mantienen a duras penas entre mis ramas huesudas. Soy un fantasma que cobija pajaritos invisibles y proporciona sombra a cabezas envueltas en toallas. Vuelvo a sentirme parte de un trozo de tierra, he vuelto a echar raíces.

Hace unos días me llevé una gran sorpresa: Alegría entró por la puerta del local. Me puse tan contento que creí que me iba a brotar una hoja. Me dijo que llevaba mucho tiempo siguiéndome el rastro y que, por fin, venía a quedarse conmigo. Ahora ella se sienta en la butaca que hay justo debajo de mí, donde suelen maquillar a las señoras, y comentamos las conversaciones plagadas de secretos que las parroquianas le cuentan al estilista; de vez en cuando, desperdigamos alpiste para nuestro amigos volátiles y, por la noche, cuando el salón queda desierto, recordamos los buenos tiempos en los que nos daba el sol y la brisa nos despeinaba.

― Alegría, ¿no oyes unos ladridos?

© Anabel

sábado, 1 de abril de 2017

Maldito corazón fuerte


Piel con escamas de pez anciano
por donde resbalan los recuerdos
a una parsimonia cruel.
Patinan las imágenes por su mirada
como el nadador por una piscina
olímpicamente olvidadiza.
Sus piernas se han unido al juego de la flor de loto
y se han negado a sostener
ese cuerpo vacío que a expensas y a duras penas
vive de un corazón fuerte.
Músculo forjado a base de
sacrificios sin recompensa,
madrugones sin sol,
matrículas rasgadas,
dolores sin epidural.
¿Por qué eres tú el único órgano que recuerda
como era aquello de vivir?
¿Crees que por convertirte en acero
no te oxidarás?
Oh, corazón, corazón fuerte,
maldito seas
por empeñarte en tu legado de latidos sin rumbo,
porque tu obstinación es mi dolor
y tu rendición, mi orfandad.


© Anabel

jueves, 9 de febrero de 2017

Hibernorum




La niebla escurridiza como piel de pez,
el albor del reflejo resbalando sobre el hielo,
el tímido sol que casi no alumbra ni molesta,
la madrugadora escarcha tiñendo la hierba,
la liviana nieve que encorva el árbol,
la espera apaciguada de la utopía,
el calor desinteresado de una manta,
el barroco güisqui en mi boca ávida.

En el abrazo gélido del invierno
no elucubro pasados mejores,
ni futuros imposibles,
me quedo, con mis canas, en la certeza
de que la existencia abarca este presente,
de que el segundo actual es el único tempo,
pues lo anterior
siempre es modificado
y lo posterior
no es.


© Anabel

lunes, 16 de enero de 2017

Madurez

El Roto, 2 de enero de 2017





Celebrar el mismo año nuevo cada uno de enero
es una rutina,
como la de romper envoltorios
y soplar las mismas velas
a pesar de que se empeñen en sumar,
y sumar,
y sumar...

Besos que recuerdan otras bocas,
días que repiten nubes y luces
delatando a un Universo hermoso,
pero finito.

Versiones originales eternamente repetidas
que logran engañar los sentimientos
como si no hubiera existido un ayer.

Porque ser puros, vírgenes, inmaculados,
porque asombrarnos ante la vieja vida
es señal de primorosa,
lejana e irrecuperable juventud.



Instalarse en la madurez significa
no estrenar ningún amanecer,
ni inaugurar veranos;
no sorprenderse por la hoja que emprende el otoño,
ni por la nieve sobre el mar.

Instalarse en la madurez significa
no volver a hacer nada por primera vez,
ni siquiera volver a morir,
aunque ya no resucites más.



© Anabel

domingo, 8 de enero de 2017

Qué sabrá la policía de poesía


Relato que aparece en el último número de la revista PLEC.
Ilustración de Josep Maria Maya.


Lébana era puntual y cumplidora. Resultaba impensable que no hubiera avisado en el trabajo de su ausencia. Tampoco respondía al móvil, ni al fijo; el Whatssap señalaba que en veinticuatro horas no se había conectado y su cuenta de Facebook estaba inactiva desde hacía más.  La preocupación se desbordó cuando ni siquiera sus hijas eran capaces de localizarla. Alejandra, la hija mayor, fue al piso y lo encontró ordenado y limpio, como si acabaran de darle un baldeo. Esa primera impresión la tranquilizó bastante pues, en su fuero interno bullía la espantosa idea, hay que dejar de ver tantos capítulos de Ley y Orden, de la posibilidad de hallar en el comedor restos de un par de copas de gin-tonics y, tras unos rastros de ropa desperdigada por el pasillo, toparse con su madre estrangulada sobre la cama. Respiró hondo y se dirigió a la cocina. Estaba recogida y en la nevera encontró alimentos suficientes para unos días y un buen aprovisionamiento de cerveza. Buscó las maletas y las encontró, así que la probabilidad de que se hubiera ido a visitar a los abuelos a Huesca no parecía factible, aun así les llamó. Realizó la misma maniobra con Josan, el compañero escritor de Zaragoza. Y no pudo resistirse a contactar con Álvaro, un trompetista malagueño que traía a Lébana a mal vivir, pero todas estas llamadas sólo confirmaron negativas y dejaron a los interlocutores muy inquietos, sobre todo, al trompetista, cuando se lo diga a mamá le va a encantar.  El ordenador estaba encendido con el Word abierto donde se leía un poema a medio hacer.  A Alejandra los últimos poemas existenciales y pesimistas no le habían inquietado porque, como su misma madre decía, estaba pasando por una etapa, un ciclo y los poetas, al fin y al cabo, no hacen más que reflejar su estado de ánimo. Pero ahora, en este mediodía de un caluroso agosto, con lo mal que mamá lleva sus calores, ese poema inacabado le produjo cierto desasosiego. Y lo que ya le dejó con el alma en vilo fue encontrar su móvil sobre la mesilla del dormitorio, al lado de la cama deshecha, gritando desde la intermitencia de su lucecita que alguien lo cogiera.  La ventana abierta ofrecía el paisaje, casi silencioso, de una ciudad en vacaciones. Entonces se dio cuenta de que el ventilador del techo estaba encendido. Se acercó al interruptor y lo paró. Llamó a su hermana Isabela, que estaba en Segovia con su actual novio, para comunicarle que la inspección en casa de mamá había sido infructuosa. Sólo quedaba comunicar su desaparición a la policía.

El vecino del segundo llamó a la policía al día siguiente. Tanto él como su mujer llevaban toda la noche percibiendo una pestilencia que les trasformó los sueños en pesadillas. Al levantarse por la mañana, se asomaron a la ventana del dormitorio pensando encontrar el cuerpo de algún gato o, dios no lo quiera, de una rata muerta en la terraza del primero, piso que llevaba meses deshabitado. Se quedaron despavoridos al ver que el cuerpo hediondo era el de la vecina del cuarto, que les daba una espalda completamente quemada, sobre lo que se asemejaba a una alfombra roja de apariencia pegajosa y con una braga como única indumentaria.

Nadie de su entorno pudo asegurar que Lébana sufriera algún tipo de depresión, excepto las típicas preocupaciones por las hijas o los padres ancianos, nada hacía temer ni por su salud mental, ni por la  física, a pesar de los cambios propios de su edad que parecía llevarlos con estoicidad y con su sarcástico humor; tampoco se le conocían episodios de sonambulismo; estaba bien considerada en el trabajo y siempre rodeada de amigos con los que salía a divertirse a menudo y tenía una economía estable.  A pesar de todo esto, la policía dictaminó que la muerte de Lébana había sido un suicidio: la dificultad de caerse desde esa ventana debido a su arquitectura poco accesible, hacía necesaria la intención de saltar;  la ausencia de pruebas que indicaran violencia; la ausencia de huellas dactilares en la casa, y, como detalle sentenciador, el poema, al que se tomó por una nota de despedida, los poetas siempre tan existenciales:
“… El Hacedor no se ha dado cuenta aún:
mi Planeta explotó y ni el embaucador decorado
va a poder devolverme al que alguna vez fuera
mi Universo Imaginario.”
Alejandra e Isabela, qué sabrá la policía de poesía, se opusieron con todas sus fuerzas a esa resolución absolutamente equivocada bajo su punto de vista: el estado del piso, comida y cerveza en la nevera y el ventilador funcionando echaban por tierra la hipótesis del suicidio. Ellas estaban convencidas de que había sido un asesinato, una cita que había resultado ser un final. La policía argüía que tirar a alguien desde esa ventana suponía demasiado esfuerzo pues había que salvar una jardinera y eso hubiera provocado señales de violencia y forcejeo en el cadáver y en el dormitorio, de lo cual no había evidencia alguna.

Lébana odiaba el verano. En cuanto llegaba San Juan, se preparaba mentalmente para soportar los tres meses que tenía por delante: en el ritual de limpieza siempre pedía para que el verano le fuera benévolo, aunque era perfectamente consciente de lo baldío de su ruego. El estío significaba un parón en su vida, un atraso en proyectos o en viajes y, si algo se engendraba en la primavera, sabía que hasta finales de septiembre el tema no se movería. Pero lo que más temía Lébana del verano no era el parón, era la convicción, pruebas tenía de años anteriores, de que surgirían complicaciones, importantes problemas que no se resolverían hasta pasada la canícula como mínimo. A todo esto,  había que añadir el calor: la hundía en una desidia descorazonadora de la que no se libraba con cápsulas ni de guaraná ni de isoflavonas de soja. Tan solo se aliviaba si alguna brisa perdida y magnánima se colaba por su ventana, siempre abierta en las noches de verano, y la acariciaba con su soplo fresco. La manera con la que hacía frente al verano consistía en parapetarse en su piso con las persianas bajadas, el aire acondicionado, por el día, el ventilador de techo, por la noche, salir a la calle lo estrictamente necesario y, si era posible, sólo cuando empezaba a ponerse el sol.  Y a esperar el otoño con una cerveza bien fría. El hastío, estación detestada. Así que esa noche pegajosa de agosto Lébana pretendía conciliar el sueño tras haber intentado escribir un poema, otro poema existencial pesimista que no daba por terminado. Los mundos destruidos, los viejos fantasmas, las convicciones futuras, el alma en coma y la maldita mosca que no dejaba de zumbar en la oreja no eran temas que se pudieran maridar fácilmente. Decidió dejarlo para el día siguiente, dormir los poemas siempre le daba buenos resultados. Esperando la brisa amiga estaba, cuando otro ser vivo intentaba robarle su tranquilidad nocturna: un grillo. No paraba de chirriar demostrándole a la solitaria Lébana la manera más adecuada de encontrar una pareja. No quería lecciones de apareamiento, sólo quería conciliar el sueño para poder terminar el poema a la mañana siguiente y no tener que dejarlo inacabado hasta septiembre, como se temía. Después de más de media hora de canciones de amor, se levantó de la cama y se asomó a la jardinera. Le alumbraba la luna llena, musa inservible en verano, que le señaló el lugar exacto donde paraba el bicho. Dando unas grandes zancadas, se metió en la jardinera con la intención de ahuyentar al culpable de su insomnio, estos eran los peligros de vivir sola y no tener a mano un amante que le evitara semejante caza.  No quería matarlo, tan sólo sacarlo de la jardinera y empezó a propinarle manotazos. Se le escapó una carcajada al darse cuenta de la situación tan ridícula en la que se encontraba: a las tantas de la noche, dentro de una jardinera, persiguiendo a un grillo y con tan solo una braguita puesta. Como la vieran los vecinos iban a flipar. Y entre risas, las putas piedrecitas, el grillo, que no veas cómo salta, el calor y la noche, trastabillar y caer fue lo más lógico que pudo pasar.


© Anabel

jueves, 8 de diciembre de 2016

Carne canina (Con canas y a lo loco)






Sugieres que son las canas la solución
a la estrechez que me somete
esta armadura cárnica,
carne que tanto me sobra y tanto me aprieta.

Si con ese cano estoicismo,
el déspota deseo hiciera mutis por el foro,
abandonara mis escenarios horizontales,
cesara de otear por encima de las sombrillas,
me dejara ciega ante la chispa hormonal,
indiferente ante un suspiro azul,
sorda ante el roce de una piel;

si el parapeto de la nieve madura
me aislara en una burbuja opaca,
me desterrara de las butacas de un cine,
me alejara de letras coleantes,
me otorgara el olvido de aires húmedos,
me impermeabilizara de tan pocos besos,
me concediera el don de la verdad despellejada;

ay, querida, si eso fuera así
resaltaría los mechones blancos y furiosos
que agazapados sacuden mis sueños
y los relegaría de su orfandad
regando mi testa con un alud sereno
que me abriese la última y sosegada puerta
la cual, a pesar de todos los pesares
y de mi corazón abatido,
no quiero traspasar aún.


Not yet, not yet.

© Anabel

viernes, 2 de diciembre de 2016

Purgatorios particulares


Relato escrito a cuatro manos, las de mi compañero Artur Mercé y las mías.

Me hubiera gustado tener un vis a vis con Paco. A través de los cristales de los locutorios no se logra ejercitar los cinco sentidos, aunque pude apreciar que su pasado yonqui había sido bastante indulgente con él: conservaba casi todos los dientes, su cuerpo era robusto, cuidaba su pelo castaño y su voz cálida envolvía el minúsculo y descuidado habitáculo. Me faltó conocer su sabor, su olor y la textura de su piel morena. Ahora sé con certeza que sus intenciones eran buenas para conmigo, que su deseo era sano, que con él hubiera podido disfrutar de una relación sincera, una relación como nunca tuve. Pero mi experiencia me transmitía mucho miedo y el miedo hace dudar, desconfiar. Aún hoy, sólo con recordar los portazos al llegar mi marido a casa, se me eriza el vello. Su mal beber lo pagaba con mi cuerpo, sobre él volcaba su impotencia, su rabia, su odio. Perdí la cuenta de las veces que tuve que ir a urgencias, las veces que tuve que llevar gafas de sol, las veces que lloré aterrorizada en silencio y sola. Y todo hubiera seguido igual si ese hijoputa no se hubiera fijado en la niña, mi niñita. No fue premeditado, lo juro, pero ver las cosas desde otra perspectiva te hace cambiar tu manera de pensar, de actuar. Yo permanecía tirada en el suelo después de una de las palizas más grandes que puedo recordar y, entre las gotas de sangre que goteaban de mis cejas, pude ver salir de la habitación de mi hija aquellos zapatones sucios que me propinaron una patada en el estómago para apartarme de su camino. Ni siquiera me moví, ni emití ningún quejido, la certeza de lo que acababa de decidir me había convertido en una roca. Me levanté como pude y, siguiendo la estela que sus ronquidos dejaban por el pasillo, cogí una botella de aguarrás y las cerillas. Sólo recuerdo el tufo a pocilga quemada y el calor de mi hija en los brazos. El juez fue benévolo y sólo me cayeron diez años.  Entrar en prisión no me supuso ningún trauma: nada podía ser peor que lo que ya había soportado. Pero esta vida te examina continuamente. Por la insistencia de Nieves, mi compañera de celda, empecé a cartearme con el Matamoros, esbirro de un narco de poca monta de la ciudad. Nieves me aseguraba que así él me podría pasar algo de dinero y que las internas no se meterían conmigo porque iba a estar mejor considerada, que parecía una estirada sabionda cosiendo todo el día en el taller y sin querer relacionarme con nadie. He de confesar que, al principio cuando nos carteábamos, me sentía halagada y disfrutaba como una quinceañera, incluso el primer vis a vis fue sorprendentemente bien. La ilusión con la que acudí al segundo se esfumó en cuanto el Matamoros me habló de cómo podía ayudarle a entrar droga en la prisión. Me negué en redondo y, entonces, me dio tal bofetón que caí al suelo provocando el suficiente estruendo para que los funcionarios, que ya estaban preparados para una reacción violenta del Matamoros, acudieran raudos a la habitación. Allí se acabó mi relación con él, o eso supuse. Fue en ese intervalo en el que ya no quería nada de ningún hombre, cuando volvió la vida a ponerme a prueba con Paco. Y pensé que iba a ser la tercera vez que suspendía y creí que no existía ningún hombre bueno y recelé y dudé y temí por mí y por él, porque el Matamoros no olvida. Por eso le dije a Paco que era mejor no hacer el vis a vis. De esa mentira es de lo único que me arrepiento. Esa mentira me pesa aun cuando ya no tendría que haber nada que me pesara, porque mi hija está a salvo, porque mi marido recibió su merecido, porque yo estoy pagando mi pena con creces. Pero me sigue pesando. Ese regalo me lo perdí. En mi particular purgatorio, me pesa, me pesa tanto que tardaré mucho en poder redimirme. Y no es justo.


Caer en la cuenta de que después de largos años en prisión te queda por pagar más de lo que has cumplido, albergar la convicción de que no hay un futuro digno para ti; te hace flaquear. En ese punto noté que mi juventud y vitalidad se habían desvanecido, que había dinamitado todos los puentes y nada ni nadie en el exterior eran un aliciente para mí, ni siquiera la altisonante libertad. Sólo la literatura aliviaba la sórdida realidad de cuentos y recuentos en la que estaba inmerso. En la biblioteca del Centro devoré relatos clásicos y contemporáneos sobre las más dispares experiencias y reviví sentimientos elevados y mundanos, incluso los que jamás había tenido; me adentré en la historia, el pensamiento, el poder, el arte, el infinito; era mi verdadera válvula de escape, hasta que un capricho del destino lo cambió todo. Contacté con Bea, una dulce criatura del Departamento de mujeres que había cortado con su pareja poco atrás, Matamoros, un mal bicho del Módulo de destinos, y como no mantenía trato con nadie empezamos a escribirnos. Desde el principio la relación fue sincera, nos necesitábamos, nuestras cartas diarias forjaron una amistad consistente y confidencial. Acordamos que sería mejor vernos primero en los locutorios y enseguida caí rendido a sus encantos, era menuda, bien proporcionada y sabía sacarse partido. Era pecosa, de tez clara señalada con algunas muescas del pasado y fascinantes ojos pardos, llevaba un pelo cobrizo, corto, minuciosamente alborotado, tenía un aire jovial, una sonrisa franca y un misterioso tic asustadizo en la mirada. En nuestros encuentros, siempre lucía radiante unos preciosos vestidos entallados que ella misma se hacía en el Taller. Llegué a desearla con todas mis fuerzas, la quería. Ella estaba obcecada con el trance que le llevó a la cárcel y traté en vano de ayudarla, no pude, su dolor era demasiado profundo y amargo. Desgraciadamente, las cosas se torcieron cuando Matamoros reapareció de golpe y porrazo y me desafió, yo no estaba dispuesto a dejar que se interpusiera entre nosotros y mordí el anzuelo que me había lanzado. Fui un julay y aún ahora me arrepiento. Tuvimos una encarnizada pelea en el Polideportivo y todos salimos perdiendo, él, malherido en el hospital, yo, encerrado veintidós horas al día en el pozo, y ella, con un disgusto colosal, en una última carta me dejó bien claro que lo nuestro se había terminado. Seguí escribiéndole inútilmente, no recibí respuesta alguna y quedé tocado y hundido. Entretanto, la Dirección le comunicó que en pocas semanas saldría de permiso y eso resultó definitivo, focalizó su atención hacia afuera y se olvidó de mí para siempre. Matamoros se las ingenió para estar en la brigada de obras que debía hacer una reparación importante en Mujeres y en vísperas del permiso de Bea, buscó su oportunidad para cazarla, como buen depredador se abalanzó sobre ella a traición, la tiró al suelo y le propinó un golpe brutal en el rostro, de un movimiento certero le seccionó la yugular con un cúter, permaneció encima suyo estrangulándola hasta verla morir, no podían arrancarlo de allí, ambos quedaron empapados en sangre; cuando por fin se lo llevaban aún escupió con desprecio sobre su cuerpo inerte. Y es que Bea, con los hombres, era como un gato escaldado sin olfato, precavida hasta el extremo, sí, pero siempre optaba por tomar el camino equivocado. Más adelante supe que Julio, el colega que me hizo conocerla, sabía que Matamoros la había amenazado de muerte y que ella tenía tanto miedo que no se atrevía a contárselo a nadie, por eso nos puso en contacto, pensaba que yo habría sabido protegerla, que habría sido capaz de evitar que le hiciera daño, pero desgraciadamente no estuve a la altura, el día del poli tenía que haber matado a ese maldito psicópata. Con toda esta historia rondándome una y otra vez llegué al colapso, aunque era incapaz de razonar y discernir, me dispuse a ejecutar un desesperado plan de fuga perfecto. Con dos cinturones hice un lazo corredizo que sujeté por un lado a los barrotes del tragaluz y me coloqué el otro extremo alrededor del cuello, me tiré con toda la rabia deseando que fuera el último acto mi vida, sentí un crujido paralizante y en mi balanceo agónico esbocé una leve sonrisa; hacía mucho tiempo que nada me salía bien a la primera.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Revista Imán





El último número de la revista Imán, revista de la Asociación Aragonesa de Escritores, recoge artículos tan interesantes como el de Alfredo Moreno, sobre la relación Cine-Televisión, o relatos como los de María Dubón y José Antonio Prades, mi socio, o poesía del nivel de la de Ángel Guinda. Y ya, si os apetece, también podéis leer algún poemilla mío. Fácilmente entenderéis que sea un honor para mí aparecer al lado de estos virtuosos.
Y dar las gracias a Fernando Aínsa por la labor realizada al frente de la revista durante tantos años, así como a todo su equipo.